Muchas personas no se preguntan que es el Mall o que rol cumple, o peor aún en que nos transformamos al entrar ahí. Pareciera que cada vez que una persona ingresa a esta dimensión consumista, donde siempre es de día, siempre es bueno comprar, siempre hay ofertas. El ser humano pierde entonces, eso que lo diferencia del resto: su individualidad y se transforma en un cliente ordenado por sus patrones de consumo.
No importa si el clima es agradable y uno puede hacer actividades al aire libre, el Mall siempre abre sus puertas y se convierte en una pequeña ciudad que nos aleja de la realidad de nuestro entorno. Nos saca el miedo de la inseguridad que provoca caminar en la calle, para tragarnos en una seguridad hecha a la medida, para vender lo que más se pueda.
Pero el Mall no se hace sólo, sino que es el resultado de diferentes roles que van interactuando en este espacio paralelo, dentro de la comunidad, homogenizando las heterogeneidades de las personas. Y los ejemplos son varios, pero tal vez el más emblemático es como el Mall, para subsistir, ha creado su propia instancia de seguridad. El guardia, el homólogo del carabinero, o por lo menos lo que sienten algunos/as, es él/la responsable de la seguridad. Un individuo/a capaz de aplicar su ojo acusador cuando cualquier posible amenaza entre a este paraíso ofertil. Esta creación del miedo y de la protección, me deja pensando hacia donde vamos, como nuestras libertades individuales, como se diría en el fútbol, van perdiendo terreno a manos de la seguridad. Entonces cabe pensar: ¿A qué costo vamos a llegar para sentirnos realemente “seguros”?.
Por Andrés Ojeda Núñez